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Cómo detectar que tienes el complejo de actor de reparto

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Confesiones

Cómo detectar que tienes el complejo de actor de reparto

Reflexión sobre el miedo a ser protagonista de tu propia vida. ¿Qué no va a saber? —le dijo Aníbal—. Yo sé lo que te pasa, José. Vos tenés el “complejo de actor de reparto”

Por: Juan Tonelli

La pluma de Juan Tonelli, trae una historia interesante en la que muestra cómo el ser humano tiene ciertos miedos de enfrentar su propia vida y cree que su vida no es tan interesante como la de los demás. El autor describe lo que es el complejo de actor de reparto.

Escritor Juan Tonelli. Foto: cortesía

El pasto siempre crece más verde en el jardín de al lado. (Refrán popular)

La noche ya terminaba. Él y sus amigos habían pedido la cuenta. Fue Tomás, como al pasar, que le preguntó a José:

—Che ¿y tu vida? ¿Todo bien?

—Me separé de Coni la semana pasada.

—Es una joda, ¿no?

—No. Y en el medio me ascendieron a socio-gerente de la compañía pero estoy ahí, viendo qué hago. Hay otra idea rondándome en la cabeza… —dejó de hablar porque de pronto un silencio se hizo en la mesa y a José no le gustaba ese tipo de silencios.

Sus amigos lo miraban boquiabiertos. José se sentía completamente incómodo, no le agradaba ser el centro de ninguna reunión y mucho menos que lo observaran de ese modo.

—Bueno, ¡digan algo!

Nadie podía reaccionar. Fue Aníbal, el más vehemente del grupo —actor de vocación—, quien tomó la iniciativa.

—Estuvimos toda la noche hablando boludeces y vos escuchando con una paciencia de cura (hay que decirlo, chicos, era el que más se interesaba, eh, aclaro) y resulta que el tipo dice buenas noches y, si no hubiera sido por el amigo Tomás, jamás nos hubiéramos enterado. Pregunta: ¿Por qué?

—¿“Por qué” qué? —José estaba completamente desconcertado. ¿Es que ahora se ofendían?

—¿Por qué no fue lo primero que nos dijiste? ¿Te ibas a ir sin contar nada de lo que te está pasando? Boludo, te ibas a casar en tres meses con Coni… ¿Cuándo nos ibas a decir? —dijo el siempre pragmático Germán.

—En la iglesia. Todos parados, trajeados. Como cuatro dolobus entramos, tomamos asiento, no conocemos a nadie. Parece que ahí viene... Ah, no, no es el novio. “Llamalo”, dice uno de estos boludos. Y ahí nos decís que se te olvidó avisarnos.

—Exactamente lo que dice aquí el amigo Alejandro. ¿Por qué?

—Bueno, la conversación se dio así… A ustedes siempre les pasan cosas interesantes…

—¡No! —dijo teatralmente Aníbal—. Yo sé lo que te pasa.

—Eh, Aníbal, aflojá —protestaron todos a coro—, aflojá que van a llamar a la cana, boludo, la gente no sabe que estás jodiendo.

—¿Qué no va a saber? —le dijo Aníbal—. Yo sé lo que te pasa, José. Vos tenés el “complejo de actor de reparto”.

Todos reían a carcajadas pero José, con una media sonrisa, entendió de inmediato lo que Aníbal le decía. Y no era un chiste.

—Che, ¿pero qué es eso? —preguntó Germán.

—¿Viste esos actores que son excelentes pero por alguna extraña razón no hacen nunca un papel principal? Y uno se muere por verlos de protagonistas porque son geniales, pero hay algunos que no lo hacen. Yo pienso que es un complejo. Esos actores no es que no llegan porque carecen de talento o carisma o lo que puta sea, no llegan porque les da pánico dominar la escena, sienten… mucha responsabilidad. No se lo bancan. Morirían por estar en ese lugar pero es más fuerte que ellos, no se lo bancan.

Con cada palabra de su amigo, José se iba desarmando. Tuvo que recostarse en el respaldo del asiento porque la descripción era perfecta.

José, 30 años

Siempre sentí que la vida de los demás era mucho más interesante que la mía.

Crecí rodeado de primeras figuras, mi madre y mi hermano. Mi padre y yo observábamos el despliegue de ellos dos. Mi hermano siempre sorprendía con relatos increíbles. Mi madre hablaba mucho sin decir gran cosa. Yo me movía por los márgenes, los pequeños intersticios que quedaban disponibles. Mi tarea era agregar algún comentario, acotar alguna palabra precisa que ratificara o acompañara lo que él contaba.

A fuerza de escuchar relatos increíbles de la vida de otro, creía que lo intenso, lo bueno, lo importante, sucedía en otro lado. Con los años fui descubriendo que a mí también me ocurrían cosas interesantes y fuertes pero no las contaba. ¿A quiénes podrían interesarles? Seguramente a todos les habría sucedido algo semejante.

Aprendí a destacarme en silencio, discretamente, como si ocupar los focos, ocupar el centro de atención fuera usurpar un lugar previamente asignado. Fue difícil comenzar a descubrir ese patrón que había regido mi vida hasta ahora.

Por un lado quería que todos los reflectores se posaran sobre mí, y cuando eso ocurría estaba incómodo. Pero lo que descubrí más adelante fue lo más importante: yo no me amaba a mí mismo, yo creía que los demás eran más valiosos. Yo había sido sólo un observador en la oscuridad. Me había dejado solo. Y recién ahí comencé a desanudar.

El reconocimiento nunca nos da plenitud. Lo que verdaderamente vale la pena es averiguar quién soy, qué quiero, y transitar ese camino más allá de los resultados.

Aprendí que todo lo que me conecta con lo auténtico es liberador. Y lo que me aleja de mi verdad interior es doloroso. De a poco le presto más atención a aquello que me brinda paz y alegría, también a lo que me angustia. En el fondo, se trata de la mejor brújula que puedo tener. Conocerme. Aceptarme tal cual soy. Parar de compararme para ver si soy protagonista o no, porque eso siempre me deja un sabor amargo. No quiero pelear conmigo mismo ni descalificarme porque no cumplo con un arbitrario parámetro que ni siquiera sé cuál es.

Aspiro a convertirme en mi mejor amigo. Después de todo, estoy conmigo todo el día, todos los días, toda la vida.

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