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El esfuerzo de un atleta que le frustró perder

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Confesiones

El esfuerzo de un atleta que le frustró perder

Esas derrotas funcionaban como un aviso a la sociedad, mostrándole que él no era tan perfecto y que podía perder.

Por: Juan Tonelli

Esta historia escrita por Juan Tonelli, trae una interesante reflexión sobre como a veces las personas suelen pensar que siempre estarán en la cima, cuando la vida es una ruleta rusa a veces estamos arriba y otras veces estamos abajo. 

El partido que acababa de perder no era uno más. Aunque no fuera la final del mundial, aquella derrota en ese insignificante entrenamiento le atravesó el alma.

Julio era el campeón nacional. Una joven promesa que precozmente había llegado a la cima de su deporte. A partir de ahí, muchas cosas habían cambiado, y en especial la presión por mantenerse arriba de todo.

Llegar a la cima y mantenerse es difícil. Foto: Pixabay

Le resultaba muy pesado saber que todos estaban esperando que perdiera. Como el equilibrista, al que todos quieren ver caer. Llegar sano y salvo a la otra orilla del abismo no entusiasma a ningún contrincante.

Julio sentía que ganar era su obligación. En cambio, si perdía, era noticia. Todo agravado por un buen número de rivales talentosos y entrenados que tenían por único objetivo destruirlo.

Intentando aligerar aquella mochila de cien kilos, fantaseaba con seguir siendo el número uno, sólo perdería algunos partidos de vez en cuando. Era un pensamiento atípico para el poder, que una vez que accedía al trono no quería cederlo por nada del mundo. Sin embargo, en su cabeza, esas derrotas eventuales serían válvulas de escape que drenarían parte de la presión que experimentaba.

Así habían pasado algunos años en los que, pese a ser el mejor jugador del país, a veces perdía. Esas derrotas funcionaban como un aviso a la sociedad, mostrándole que él no era tan perfecto y que podía perder.

De forma inesperada, irrumpió en escena un jugador más joven que tenía un juego arrollador.

Julio percibía la amenaza, pero prefería no mirar para no obsesionarse con la idea. Cada vez que derrotaba a aquel adolescente, se engañaba a sí mismo sintiendo que reafirmaba su liderazgo, y que él seguía siendo el rey.

Con el correr del tiempo, los partidos se hicieron cada vez más parejos. Las últimas victorias de Julio habían sido injustamente holgadas por el simple hecho de que su rival sentía culpa de ganarle a su ídolo. Sin embargo, no hacía falta ser un visionario para comprender que el reinado tenía los días contados.

Sentados al borde de la cancha, Julio y los ocasionales observadores hicieron como si nada hubiera pasado. Pero todos sabían, y en especial los protagonistas. Un nuevo reinado acababa de emerger. No había sido tan rutilante como si se tratara de la final del campeonato nacional, pero era igual de inapelable.

Experimentó una sensación desoladora al sentir que su tiempo había terminado y el foco se había desplazado hacia este joven. ¿Sería similar a lo que sentían los primogénitos cuando nacía un hermano? Seguramente, aunque resultara 

difícil que esa vivencia tan dolorosa pudiera ser puesta en palabras por niños de escasos años de edad.

Después de tanto esfuerzo y angustia para lograr que el foco se posara sobre él, lo expulsaban del paraíso.

Terrible experiencia para seguir creciendo…

Julio, 66 años

La pregunta que me hacía continuamente en aquel momento era: ¿cómo rehabilitarse de la emoción que producía entrar a un estadio y que diez mil personas enloquecieran gritando mi nombre? ¿Cómo ser alguien normal, si lo único que conozco al ingresar en cualquier ámbito es el silencio reverencial a mi reinado?

Sólo al tiempo de abandonar el deporte pude apreciar que lo que había sucedido era que había recuperado mi libertad. Una libertad completamente desconocida. Ya podía tener cara de pocos amigos, nadie me iba a fotografiar, ya podía salir así nomás de mi casa para comprar alguna cosa, vestido de cualquier forma, nadie me miraría.

Pero para llegar a eso se requirió tiempo y, sobre todo, descubrir algunas cosas de esa defensa que preparé con tanto trabajo. Después de estar un rato largo con aquella pregunta, pasé a la siguiente: ¿No era una exageración asimilar la pérdida de mi reinado con la muerte? Encontré varias explicaciones, pero la más obvia era que sufría de una enorme dependencia de la mirada de los demás.

Necesitaba el aplauso, que me confirmaran que yo existía, que yo era. Sí, en el fondo se trataba del proverbial anhelo de querer ser importante. Todas las personas deseaban ser reconocidas y admiradas, ya sea porque lo habían sido en la infancia o porque no lo habían sido.

Algunas, de manera patológica, por lo que yo no quería sumarme a esa lista. Siempre me había parecido patético ver a gente agarrarse de la fama del pasado. Estaba claro que tenía que soltar todo eso aunque no quisiera, pero tenía que llegar al fondo. Si no, quedaría atrapado como esos personajes.

Si dejar el centro de la escena era vivido como una muerte, ¿quién estaría en condiciones de aceptarlo pacíficamente? En el fondo se trataba del poderoso instinto de supervivencia. Poco importaba que fuera una supervivencia emocional. La sensación de muerte era igual, aunque el corazón siguiera latiendo y los pulmones respiraran. Sí que la conocía bien, y la reconocía en políticos, actores…

Recordé a Borges y su idea de que los únicos paraísos existentes eran los paraísos perdidos. ¿Por qué nos costaba tanto enterarnos de que estábamos en el paraíso, antes de perderlo? ¿O acaso los paraísos no existen y sólo son un proceso mental, en el que idealizamos una realidad pasada que no fue tan buena?

Y por ahí fue el quiebre. No había paraísos en el presente, pero tampoco el pasado había sido tan perfecto. Tal vez pasé por la experiencia de ser un deportista famoso para darme cuenta de que esa parte de mi vida había sido eso, sólo una parte, y que ahora me tocaba otra cosa. Lentamente, aun comprendiendo que la admiración de masas era superficial y volátil, comencé a ser consciente de que siempre era una caricia para el ego. El corazón, sin embargo, sabía que, incluso en el medio del calor popular, podía estar muriéndose de frío y soledad. El alimento verdadero pasaba por otro lugar.

Recuperé mi verdadera libertad cuando recordé cuánto esfuerzo tenía que hacer cuando estaba en la cúspide. Vivía muerto de miedo a perder el liderazgo. Pero también acepté que moría de miedo en mi vida privada para que me reconocieran.

Lo más difícil fue encontrar un camino a mi estabilidad emocional y aceptar la carencia de reconocimiento que tenía. Porque, aunque entendía perfectamente el problema, me sentía incapaz de torcer el rumbo un mísero grado. Me sentía preso de las carencias, pero no quería que me siguieran condicionando. Como un presidiario que puede ve, toca y fuerza los barrotes de su celda, sin poder hacer algo para salir de ella. Así y todo me sentí contento de poder estudiar la naturaleza de mi prisión.

Entendí que lo mejor era comenzar a amar mi celda, aceptarla, y así quizás llegara el día en que pudiera salir… o tal vez eso no ocurriera nunca. Ahí empezó el verdadero camino. De a poco comprendí que lo único que está a mi alcance es transitar el camino con amor, el único paraíso que existe.

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