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Ella escuchó el sonido de la viola, el destino le esperaba

Ella escuchó el sonido de la viola, el destino le esperabaPixabay

Confesiones

Ella escuchó el sonido de la viola, el destino le esperaba

Historia de una talentosa mujer que tocaba el violín pero su verdadera pasión era la viola

Por: Juan Tonelli

El escritor Juan tonelli, trae para ti una historia que muestra como el destino está tan bien definido que tarde o temprano llegas al punto que tengas que llegar, independientemente el atajo que tomes.

Escuchar al corazón cuesta trabajo, pero esta talentosa mujer eligió muy bien,  lo que más le hace feliz. "Uno puede encontrar el destino en el camino elegido para evitarlo". (Jean de al Fontaine).

Cristina se enamoró del sonido de la viola. Foto: Pixabay

Cristina levantó el arco de su violín y bajó el instrumento. Era el turno del solo de viola de la magistral intérprete. En cuanto sonó la primera nota, algo en Cristina se modificó. Un rayo. El sonido de aquel singular instrumento atravesó su ser de par en par, sin dejar ninguna célula sin vibrar. Sintió miedo, como ocurre cada vez que sucede algo que no comprendemos pero que intuimos amenazante a nuestro statu quo y sus precarias certezas.

Cristina quedó tan afectada por el sonido de la viola, que le costó retomar su participación cuando fue su turno dentro del sexteto.

A partir de aquella primera nota, el tiempo había entrado en otra dimensión, como si estuviera en otro mundo. Aquellas notas habían cambiado todo. Se había enamorado perdidamente de aquellos sonidos y todavía seguía en ese paraíso delicado que, también, se sentía amenazante.

Cuando terminó la función, recogió sus cosas y miró la viola que estaba en su soporte invitándola a acercarse. Sentía una gran atracción por ella, pero como una tímida amante salió del escenario apenas atreviéndose a mirarla de reojo.

Cristina, 30 años

Durante muchos años, el violín lo fue todo para mí. Al terminar el conservatorio me anoté en un concurso cuyos ganadores integrarían un sexteto de cuerdas junto a una violista excepcional. Como gané, tuve la oportunidad de tocar junto a esa estrella. Al promediar la obra, el sexteto de cuerdas de Brahms establecía un solo de viola. Y así me enamoré. De golpe. Pero negué esa fascinación, diciéndome que nueve años de conservatorio no se tiraban así nomás, de un día para el otro. Pensé que era como los amores de verano y que ya se me pasaría. Seguí adelante con el violín.

Tres años después gané una beca de perfeccionamiento en Italia. Serían dos años de intenso entrenamiento. En la primera entrevista, mi maestro me comentó que uno de sus planes era que estudiara viola para fortalecer mi técnica con el violín. Me angustié mucho. Lo descarté de plano y jamás se volvió a hablar del asunto. Pero cuando regresé al país, sentía que anhelaba acercarme a la viola, aun a riesgo de abrir la caja de Pandora y que toda mi carrera y mis pequeñas certezas se vinieran abajo. Mi corazón ansiaba encontrarse con ese instrumento que me conmovía hasta las lágrimas.

Consulté a mi maestro italiano para evaluar si tenía sentido que hiciera la experiencia con la viola. Él no dudó un instante y me

mandó a estudiar con el más destacado violista del país. Rápidamente nos pusimos de acuerdo pese a la exigencia del profesor de que yo estudiara la misma cantidad de horas diarias con mi instrumento de origen. Esa rutina me impuso mucha presión, sentía que estaba teniendo una doble vida. Con el violín estaba casada, pero mi verdadero amor era la viola.

Pese a mis vigorosos intentos para reprimir mi conexión con la viola, la situación se fue de control. Llevaba solo un mes cuando me quebré ante mi nuevo maestro, confesándole que quería dedicar mi vida a la viola. “Es muy apresurado. Limitate a cumplir tu compromiso de estudiar un año”, fue toda la respuesta del profesor.

Íntimamente, sentí que era el precio a pagar por mi libertad. Pero no me resultó caro, peor hubiera sido no escuchar nunca lo que mi corazón me había dictado en aquel concierto, que ahora parecía tan lejano. Cumplí mi compromiso; el último día de ese año, lo que guardé en el estuche para no tocarlo nunca más fue el violín.

A mi mente le había costado años admitir mi conexión con la viola. A mi corazón, sólo un instante. Aunque yo no lo pudiera tolerar, en segundos mi vida había girado ciento ochenta grados. ¿Por qué será que a la mente le toma años comprender lo que el corazón conoce en un instante?

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