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Ella no se sentía feliz, ni plena, ni libre a  pesar de amarlo

Ella no se sentía feliz, ni plena, ni libre a pesar de amarloPixabay

Confesiones

Ella no se sentía feliz, ni plena, ni libre a pesar de amarlo

Luego de un viaje de descanso se dio cuenta que apenas empezaba a sentirse viva

Por: Juan Tonelli

La pluma de Juan Tonelli, trae para ti una reflexión que implica decisiones, vivir la vida intensamente y terminar con ataduras por muy confortante que sea la vida que lleva, si hay algo que te impulsa a volar. ¡Vuela!.

Disfruta hoy, es más tarde de lo que crees. Proverbio chino.  Ya estaba todo organizado, iría el fin de semana al campo a visitar a su amiga Florencia. Luis, su marido, cuidaría de Pili, la hija de ambos, que tenía cuatro años.

Un día en el campo, le fue suficiente para cambiar su vida. Foto: Pixabay

Habían hecho planes muy divertidos e Isabella podría irse muy tranquila a entregarse, aunque sea por unos pocos días, al placer de las charlas con su amiga.

Llegó bastante rápido al paraíso, afortunadamente no había mucho tránsito. Su amiga la esperaba con un suculento almuerzo y no dejaron de hablar hasta que llegó la hora de la siesta.

—Bien, querida amiga, en el campo se duerme la siesta, así que allá voy, nos vemos en un rato.

—¡Qué bueno! ¡Siesta! Yo también me voy.

El dormitorio de las visitas era sencillo y acogedor. Florencia había puesto flores en un jarrón junto a algunas ramas de aromo. Cómo la conocía y cómo la mimaba... Se sentía feliz de tener esos momentos de tanto placer. Descansar y no ocuparse de nada, un gran plan.

Se recostó en la cama con un libro que sacó del bolso y muy pronto se quedó dormida con los sonidos de los pájaros que invitaban al sueño.

Por la noche, bebieron y rieron hasta tarde. Cuando llegó la hora dormir, Isabella le dijo a su amiga:

—Andá a dormir, Flor, yo acomodo las cosas, que ya bastante hiciste y no quiero darte trabajo, no sea cosa que no me invites más.

—No te preocupes, dejemos todo así, dale, que es tarde…

—No, vos andá. De paso me quedo un rato en la galería.

Isabella terminó de lavar y ordenar los platos y las copas y se sentó un rato en la galería. Miraba el cielo estrellado hasta que le pareció que flotaba, era como estar en el cielo. Se atemorizó por esa extraña sensación y entonces ocurrió. Por primera vez en su vida sintió que era mortal, sintió que su vida tenía una fecha de vencimiento. Al principio se asustó, no podía respirar porque no sólo había sentido en su cuerpo la mortalidad, sino que creía que se iba a morir en ese instante y lo único que pensó fue: “todavía no viví”. Se quedó inmóvil, sintiendo que no podía seguir estando distraída, viviendo como si fuera inmortal.

No durmió en toda la noche.

A la mañana siguiente, preparó el desayuno, esperó a que Florencia se despertara y le dijo:

—Surgió algo, tengo que irme en un rato.

—¿Pasó algo, amiga?

—No, no, está todo bien pero me llamó Luis, se ve que no está muy acostumbrado a estar a solas con Pili, la nena me extraña.

—La próxima tenés que venir con ella.

Por supuesto que lo de la llamada de Luis era un invento, pero tenía que ir a hablar urgentemente con él. No quería compartir con nadie lo que le había sucedido esa noche. Sentía que era muy privado, una experiencia intransferible. Hablar de ello le hubiera quitado el misterio que ella, todavía, sentía.

Cuando llegó a su casa no había nadie. Seguramente Luis había llevado a pasear a Pili. Desempacó y esperó impaciente hasta que llegaron. Pili llegó dormida. Cuando Luis regresó al living, tenía dibujada en su cara la pregunta de por qué había vuelto antes. Isabella pudo decirle que no lo amaba más. Luis se quedó pasmado pero no perdió su tono conciliador:

—Amor, pasamos muchas crisis, esto también lo vamos a superar.

—Ni vos ni yo somos los mismos que hace quince años. Viví toda mi vida para vos; pero ya no más. No me arrepiento de nada de lo vivido. Descubrí que yo no soy el otro. No soy vos. Me comí este cuento de las medias naranjas. Y vengo a descubrir que cada uno es una naranja completa. Necesito hacer mi vida. Por ejemplo, ya no me gustan, ya no tolero cosas como ocuparme de la 

casa, de que todas las noches tenga que tener la cena lista y rica. Nunca me interesó, pero durante años lo hice porque supuse que era mi deber. Descubrí que no quiero seguir viviendo así.

—Pero es un tema menor, lo podemos arreglar...

—Es que ya se terminó el tiempo de arreglar algo. Feliz de la vida de haber vivido lo que vivimos, pero ya no tengo interés de que sigamos juntos. Viví volcada a tus deseos y necesidades, y ahora quiero vivir para mí. ¿Sabés qué pasa? Me enteré de que el tiempo se acaba.

Isabella, 40 años

Me sorprendí a mí misma escuchando esa frase contundente que había dicho. Luis se quedó helado. Sí, sí, éramos una pareja genial, con todos los ingredientes propios de dos personas que comparten una vida llena de amor, encuentros y desencuentros. Pese a las casi dos décadas juntos, no habíamos perdido la complicidad. A tal punto que el mozo de un bar que frecuentábamos desde hacía un par de años daba por sentado que éramos amantes. Al parecer no podíamos tener semejante onda y estar casados.

Después de decir eso me sentí vacía pero en paz. Me acababa de sacar un enorme peso de encima que no había notado. Un par de días después, y pese a que Luis no estuviera de acuerdo con mi decisión unilateral, ya estábamos organizando la separación. La crisis sólo estaba comenzando. No había dejado a Luis por otro hombre, Luis no era cocainómano, ni jugador compulsivo, ni golpeador ni fracasado. Ni nada. Pero el tema no iba más. Estaba perdiendo mi tiempo, no me sentía feliz, ni plena ni libre. Mi vida tendría que dar un giro.

Quería vivir la vida. Nada de vegetar ni transcurrir. Vivir todo bien vivido. ¿Sería una superficialidad? ¿Una inmadurez? Quizás, pero necesitaba averiguarlo y no leerlo en los tratados de Aristóteles.

¿Pero qué habría pasado en el medio? ¿Cuándo me había empezado a separar, sin siquiera darme cuenta? No obtuve muchas respuestas pero sí algunas pistas. De las más superficiales a las más profundas.

Entre las primeras estaba el simple hecho de tener que llevarle el desayuno a la cama todos los días. Pese a haberlo realizado amorosamente durante quince años, no era algo que a mí me gustara. Habría sido una grata sorpresa que algún día yo hubiera sido la agasajada, cosa que nunca ocurrió.

Otro ejemplo en la misma línea era que debía ser la responsable de la casa, incluso de la comida. Si la heladera estaba vacía o la comida no era rica, sentía culpa por no haber cumplido con mi “obligación”. ¿Y en qué momento había acordado eso? La verdad, yo detestaba esos menesteres.

En lo profundo estaba esa disparatada idea de que éramos medias naranjas que debían completarse. Aunque no era una católica practicante, todos los dogmas y mandatos recibidos en la infancia me habían condicionado. Por más que las personas solieran pensar lo contrario, estaban mucho más atadas de lo que imaginaban. Y tal vez fuera ese el problema mayor: no sólo estar programados, sino ignorar la programación. 

La crisis de la mitad de la vida me llevó puesta, incluido mi cinturón poderoso. La mujer maravilla había fallado. Y, curiosamente, sentí alivio de que fuera así.

Todas estas experiencias me enseñaron que es imposible que dos sean uno. Somos dos naranjas completas, con características, limitaciones y peculiaridades. Que pueden encontrarse y, con mucho esfuerzo, elegir compartir sus vidas.

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