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Fracasos que ayudan a crecer y a fortalecerse tu vida

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Confesiones

Fracasos que ayudan a crecer y a fortalecerse tu vida

 Santiago descubre que hay fracasos necesarios que le ayudan a crecer y a fortalecer su vida. Aquí te presentamos su historia

Por: Juan Tonelli

EL escritor Juan Tonelli escribe una historia en donde un hombre llamado Santiago se sienta frente a su terapeuta y es en una pregunta incomoda en donde le hace ver que los fracasos son necesarios para fortalecer su vida. 

Tonelli enfoca esta reflexión de manera casual y al mismo tiempo profunda en donde el lector se identificará con el personaje, entendiendo por que los fracasos son necesarios para fortalecer su vida. 

"Quien no tenga dificultades al principio las tendrá peores más adelante". (EUGEN HERRIGEL)

El hombre aprende de sus fracasos todos los días. Foto: Pixabay

—¿Alguna vez no se le paró?

La pregunta del terapeuta lo descolocó. No esperaba semejante interpelación de alguien tan moderado y racional como su psicoanalista.

Con un tono que pretendía transmitir que él estaba para competir y ganar el Campeonato Mundial de Sexo, Santiago contestó que no, que de ninguna manera podía pasarle algo semejante. Él era todo un semental. Problemas sexuales tendrían los homosexuales y los débiles, pero él era un hombre.

El silencio del analista hizo que Santiago considerara que su infalibilidad podía tener alguna connotación negativa. Santiago le preguntó si era malo que nunca le hubiera sucedido. El doctor Varela —un profesional de setenta años de edad— sólo atinó a reflexionar:

—Qué lástima, hubiera aprendido muchas cosas.

Y dio por terminada la sesión.

Santiago salió del consultorio entre aturdido y enojado. ¿Qué le pasaba al infeliz del terapeuta? ¿Se habría vuelto senil? ¿Puto? Si bien alguna que otra vez no había tenido una erección, él no tenía esos problemas. Su performance sexual era excelente. ¿Qué querría transmitirle con aquella enigmática reflexión? ¿Y qué era lo que se habría perdido de aprender de una situación tan bochornosa y frustrante? De hecho, ¿habría algo que aprender de una cosa así?

Recordó la misma clase de indignación hacía unos años atrás, cuando, en una entrevista de trabajo con uno de los empresarios más importantes del país, había pasado algo parecido. El hombre de negocios le había preguntado si alguna vez había reprobado una materia en la facultad. La orgullosa negativa de Santiago había generado una mueca en la cara de su interlocutor, quien inmediatamente le había explicado:

Los fracasos ayudan a crecer y a fortalecerse.

Cuanto más tarda uno en tenerlos, más demora en volverse fuerte. Y después de cierto tiempo, aprender se torna casi imposible porque las personas se acostumbran a no equivocarse y la única forma que tienen de asegurar eso es no corriendo ningún riesgo. Es como las vacunas; hay un tiempo para aplicárselas y así poder desarrollar la inmunidad.

Pero Santiago sospechaba que eso de fracasar era la justificación de los perdedores. Y él era un ganador.

Pasaron quince años de aquel día con el doctor Varela.

Entonces, llegó la noche de la catástrofe. ¿O sería más preciso redefinirla como la del “gran proceso de aprendizaje”? Con enorme talento, Santiago conoció una mujer cautivante que después de varias horas de tragos, charlas y bares lo invitó a su departamento. Fuera por la mujer que tenía enfrente, por el alcohol, el preservativo, o la exigencia del macho alfa, lo cierto es que después de un rato no pudo sostener la erección. Y se acordó del maldito Varela.

Como no estaba dispuesto a retirarse como un eunuco, tuvo que buscar otras maneras de seguir adelante. Con algo de ingenio, bastante creatividad y, sobre todo, mucha determinación pudo llegar a buen puerto y todos felices.

Recién al llegar a su casa entendió de qué estaba hablando Varela. 

Santiago, 40 años

Esa noche estaba satisfecho mucho más por haber sido capaz de revertir la partida que por el encuentro sexual en sí. Me acordé todo el tiempo de Varela, porque sabía que sus palabras me ayudarían a comprender que el fracaso enseña muchas cosas.

El hecho de haber estado por debajo del estándar de las expectativas podría afectar a mi ego, pero no a quien yo soy, salvo que le diera demasiada importancia a esa mirada que los demás tenían de mí. La mujer podría haber pensado que yo era un idiota, pero eso no me convertía en un idiota. Finalmente entendí lo más importante: yo no podía elegir las cosas que me pasaban en la vida, pero sí podía decidir cómo reaccionar frente a ellas.

Tuve ganas de llamar a Varela para agradecerle, pero eran las cinco de la mañana y hacía años que había muerto.

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