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La claustrofobia emocional un mal que afecta a hombres y mujeres

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Confesiones

La claustrofobia emocional un mal que afecta a hombres y mujeres

Una historia interesante que narra como una persona puede padecer claustrofibia emocional, si te identificas con ella, busca ayuda

Por: Juan Tonelli

De nueva cuenta Juan Tonelli sorprende con una verdadera historia que describe perfecto una de las afectaciones que padecen tanto hombres como mujeres. En esta ocasión se trata de un hombre que prefiere quedarse solo antes de entablar una conversación con alguien que le provoque emociones. 

Había un gato que se sentó sobre una estufa y como se quemó, decidió nunca más volver a sentarse. Proverbio oriental.

Juan Tonelli explica la claustrofobia emocional. Foto: Pixabay

“¿Querés que vayamos? La muestra se inaugura hoy.”

El mensaje de WhatsApp era de Eliana, la mujer con la que había estado saliendo los dos últimos meses.

Lo leyó y guardó el teléfono. Sencillamente no sabía qué contestarle. Un deseo irracional a que desapareciera de su vida lo atenazó. Sin saber qué hacer, sacó el teléfono y lo apagó. En un rato decidiría.

No era que no le gustara Eliana, al contrario, le gustaba y mucho. La pasaban bien, ambos se sentían muy cómodos. Eliana era muy divertida, vivaz e inteligente. Durante el último encuentro había sentido lo inusitado, se estaba enamorando pero por alguna extraña razón no quería verla, no quería tener nada que ver con ella.

Pasaron dos horas cuando recordó que su celular se mantenía apagado. Volvió a encenderlo y se encontró con otro mensaje de Eliana: “Si no querés ir, todo bien. Si estás en uno de esos días, también. Beso”.

Daniel le había contado que él tenía días en que no quería ver a nadie, días en los que necesitaba estar a solas. “Despegado de todo.”

—¿Despegado? Qué palabra tan rara elegiste… —le había dicho ella.

—¿Por qué?

—Porque más bien suena a que te da fobia, no a que necesitás estar solo. Bah, despegado me suena a eso. ¿Tenemos un fóbico por aquí? —lo había dicho con una sonrisa y livianamente. Él había permanecido en silencio. Después de todo, sí, parecía que tenía razón.

Daniel se quedó mirando la pantalla de su celular. Buscaba decir algo que no diera lugar a ningún diálogo pero que tampoco se cortara el contacto con Eliana. Ya no estaba para juegos tontos, era un hombre grande y tenía un divorcio en su haber. Pensó que sí, después de lo que él denominaba el fracaso, estaba más resguardado, menos abierto, pero eso, suponía, le pasaba a todo el mundo mayor de cuarenta.

—Es un mal día —escribió.

—Cuando se te pase, hablemos. Beso —contestó ella de inmediato.

Eliana era una mujer con pocas pulgas, no le gustaban las complicaciones. Sabía que si él desaparecía así, como si nada, ella no lo perdonaría. Pero en ese momento se creía incapaz de prometer un encuentro.

A la semana siguiente, recibió otro mensaje suyo: “Veo que no se te pasa. Estoy algo confundida con la situación. Pensé que nos estábamos entendiendo, pero todo bien, me equivoqué. Que tengas una buena vida”.

Por un lado se sintió aliviado, pero al rato una enorme tristeza lo invadió. Al menos, pensó, no lo habían rechazado.

Daniel, 45 años

Las personas fóbicas sentimos miedos intensos e irracionales. Algunas, por ejemplo, no pueden ingresar a una autopista porque les da pánico pensar que estarán obligadas a transitar un buen tiempo sin que haya vías de escape.

En aquel momento el cuento que me contaba a mí mismo era que me había ido mal en mi matrimonio y que por eso necesitaba mantenerme a resguardo.

Para no sufrir. Después descubrí que no era cierto que me había ido mal, había vivido años hermosos, tenido hijos divinos. Simplemente se había terminado.

Pero que algo termine ¿le quita sentido a lo ocurrido? Según esta teoría, la muerte le quitaría el sentido a la vida… En el fondo me di cuenta de que sólo tenía miedo a sufrir. Y que esa protección me generaba más problemas que las soluciones que me brindaba… Definitivamente no quería volver a pasar por lo mismo, las separaciones eran desgarradoras. No tardé mucho en descubrir que mis dificultades con los vínculos amorosos no nacían a partir de mi divorcio; el problema estaba mucho más atrás.

Mi madre siempre me contaba que yo lloraba mucho cuando ella tenía que irse a trabajar. Yo pensaba que esa separación era definitiva, y el desgarro que me producía era insoportable. “Tomabas el portero eléctrico y me pedías que volviera, como si te estuvieran matando. Yo te decía que estaba todo bien, que iba a volver al cabo de unas horas.

Te llamaba desde la oficina a casa, pero nunca me querías atender. Después, con el tiempo, ¿sabés lo que hacías? Cuando se acercaba la hora a la que yo tenía que salir, te ibas al jardín y ni siquiera querías saludarme. Yo sabía que igual estabas sufriendo, como cuando me llamabas por el portero eléctrico, pero por alguna razón habías descubierto que si hacías como si yo no existiera te sentías mejor. ¡Mi niño precioso, qué cosa!”.

Muy pronto me di cuenta de que eso que hacía con mi madre era exactamente lo mismo que había hecho con Eliana. Descubrí que lo mío no era miedo al rechazo: era miedo al abandono. Y anticipándome a ese abandono, “despegándome”, no sufriría.

Dos meses después, juntando valor, le mandé un mensaje a Eliana: “Hola, ¿te puedo llamar?”.

No traté de justificar mi inmadurez de desaparecer sin decir nada, sin dar ninguna explicación. Sólo fui sincero y le dije, palabra por palabra, lo que había descubierto acerca de mis miedos.

Ella me miró con compasión. Probablemente, con mucha más comprensión con la que yo me juzgo a mí mismo habitualmente. Me tomó fuerte las manos mientras me miraba a los ojos. Después me dio un abrazo largo y se fue. No sé si finalmente podremos estar juntos o no. En el fondo, es un tema de a dos.

Pero aquel encuentro me enseñó varias cosas. En primer lugar, que al reconocer mis fobias tal vez pueda empezar a sanarlas. Por otra parte, que si hay algún camino para lograrlo este es a través de la comprensión y la compasión, y nunca desde la exigencia. Por último, que tendré que aprender a llevar con amor aquellas fobias que no sanen pese a mi mirada compasiva.

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