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Por qué los hombres siempre dicen que no tienen miedo

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Confesiones

Por qué los hombres siempre dicen que no tienen miedo

Muchos hombres siempre dicen que no tienen miedo, aún cuando les está temblando las rodillas

Por: Juan Tonelli

El escritor Juan Tonelli trae para todos una lección de vida que a muchos hombres les llegará y les hará reaccionar en su andar por la vida creyendo que no tienen miedo a nada, pero en verdad están temblando por dentro. 

Los hombres no tienen miedo a nada, dicen muchos, pero sabemos que además de miedo, también lloran, y no es que les reste ser hombres, al contrario, nos demuestran que son humanos y que sienten. 

Atrévete a leer ésta interesante historia que te explica por qué los hombres siempre dicen que no tienen miedo.

Los hombres si temen a ciertas cosas pero callan. Foto: Pixabay

—El tumor es fácilmente operable, y en tres meses, luego del tratamiento, seguramente podrá tener una vida normal —dijo el médico.

Fernando se quedó observándolo sin poder reaccionar. Toda su vida se estaba derrumbando y temía hacer la pregunta fatal.

Fue su mujer, sentada a su lado, quien tomándolo de la mano le preguntó al médico:

—¿La vida normal incluye el deporte?

—Lamentablemente tengo que decir que la rodilla es muy delicada… Debo ser sincero con ustedes. Será difícil, tal vez imposible, continuar con el deporte.

Fernando se recostó hacia atrás. Toda su carrera deportiva había estado atravesada por el temor a equivocarse. En la medida que se había vuelto exitoso, tenía terror de perder esa posición privilegiada. Y ahora esto era un golpe tremendo para su vida.

En su interior se libraba una batalla campal. Su enorme exigencia le impedía aceptar sus defectos y errores. En lugar de ser parte de su existencia, eran algo abominable que había que erradicar. A su vez, vivía con una secreta vergüenza, el hecho de ser el campeón y sentir miedo… Esa terrible enfermedad se presentaba para resolver el problema.

—Mirá por dónde se solucionó —le dijo a su mujer al salir del consultorio. Compañera y amiga, Carola estaba al tanto de sus viejas fobias, del sentimiento que hacía años lo venía acompañando: el miedo a perder.

Su mujer lo miraba con dulzura mientras él reflexionaba sobre lo que estaba ocurriendo.

—Siempre me sentí un cagón, siempre el miedo, siempre simulando un control y un valor que no tengo.

Carola sabía de sus padecimientos. Conocía perfectamente que jugar, para él, era una tortura que duraba todo el partido. Este retiro anticipado venía a liberarlo de aquel infierno.

—No te preocupes, amor, vamos a encontrar un camino.

Fernando, 34 años

Por años, en la cima de mi carrera me había sentido un fraude, un impostor, transmitiendo una imagen de alguien seguro de sí mismo, sin miedos. Un campeón infalible que se convertiría en una leyenda. Pero en el fondo de mi alma, era una persona muerta de miedos. Paradójicamente, el sentimiento que me invadió frente a la noticia de que tendría que abandonar mi carrera fue alivio. No más partidos tortuosos. No más angustia por miedo a perder. No más temor a cometer un error.

Claro que una cosa es hablar de la muerte y otra distinta es morirse. La enfermedad, si bien me había liberado, también me había desnudado. El alivio de no tener que sostener más el personaje seguro y ganador era también una desgracia. O un desafío. Ahora tendría que inventarme una vida.

Si no era posible seguir actuando mi personaje, ¿qué tendría que hacer? ¿Quién era yo?

Me sentí desnudo, casi apurado por encontrar una identidad. Como una ropa que sirviera para taparme de mi desnudez. Y si era vistosa, mucho mejor.

Rápidamente me di cuenta de que nada bueno surgiría de esa forma. Me acordé del refrán que decía que en la vida había dos problemas: conseguir lo que uno quiere y no conseguir lo que uno quiere.

Después de un tiempo y aunque no tuviera la menor idea de hacia dónde se dirigiría mi vida, me invadió el optimismo. Llegué a la conclusión de que ese refrán estaba mal, que las dos bendiciones de la vida son: no conseguir lo que queremos y conseguir lo que queremos.

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