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Traga sapos y vomitarás dragones

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Confesiones

Traga sapos y vomitarás dragones

Excelente historia que explica como a veces son los mismos amigos quienes luego de tenderles la mano te traicionan: "Traga sapos y vomitarás dragones"

Por: Juan Tonelli

"Traga sapos y vomitarás dragones". La pluma del escritor Juan Tonelli narra la historia de una mujer que trás haber construido una gran empresa y apoyado a muchos de sus socios, se encuentra en la disyuntiva más importante de su vida, ¿Renunciar o seguir?.

Traga sapos y vomitarás dragones. Refran popular.

La mesa la había elegido ella. Era de raíz de nogal. Los dibujos que conformaban siempre la habían fascinado, nubes, estrellas, una galaxia completa. La luz se reflejaba en la mesa dándole un efecto raro, como si proviniera de esa extraña vía láctea y no de las lámparas que caían a plomo sobre el centro.

Escuchaba la voz de Patricio, mencionando las últimas alianzas que había hecho la empresa. Sinergia, logística, costos y beneficios. Todas esas palabras le producían a Analía un malestar indescriptible.

Sentía que no tenía voz ni voto, aunque ella había sido la fundadora de la empresa, la ideóloga, la que había diseñado con tanto esfuerzo el modelo de negocio. Ahora, se encontraba en una situación insostenible.

A veces los que ayudas te traicionan. 

La única salida que parecía tener era irse con la gran pérdida que eso implicaba. La empresa que dirigía había atravesado un proceso de fusión un año atrás, y le estaban haciendo la vida imposible. Nunca la consultaban, se sentía apartada por las mismas personas a las que ella había elegido para cada puesto, aquellos con los que había trabajado codo a codo.

Pensaba en todo lo que diría si pudiera despegar los labios. En las estrategias equivocadas que estaban utilizando, en las decisiones apresuradas que estaban tomando. Sólo observaba cómo se empequeñecía aquel sueño que había tenido diez años atrás.

Ella, que había sido el alma máter de la compañía y quien la había hecho crecer vertiginosamente, ahora se encontraba en una situación insostenible. Había invertido mucha energía para armar un gran equipo de gente y ahora veía cómo todo se derrumbaba.  Su día a día era un infierno y no aguantaba más.

La reunión terminó por fin y ella se incorporó para salir directamente hacia su despacho.

Patricio la interceptó:

—¿Te pareció bien mi exposición? ¿Tenés algo que decirme? Por tu cara parecía que no estabas de acuerdo…

Por supuesto que no estaba de acuerdo. Con nada. Con ninguna de las decisiones que se habían estado tomando en los últimos meses. Pero qué le quedaba, ¿seguir callando?, ¿hablar? ¿No era demasiado tarde para eso? ¿Dar un portazo?

Ensayó una mínima sonrisa y le dijo:

—Tengo una reunión ahora, después hablamos —respondió tajante y salió apurada.

Encerrada en su despacho, pensó en que tenía que tomar una decisión. Era hablar o irse. “Si hablo, tendré que irme; si no hablo, tendré que irme de todos modos, ya no soporto este clima de tensión”. Se recostó en su sillón y observó los edificios más altos de la ciudad. Se sintió prisionera. ¿Hasta cuándo podría seguir soportando esto?

Analía, 39 años

Si hubiera podido hacer los planteos, ajustar y reformular, la situación no habría llegado a ese punto. Pero me encerré en el silencio. Como hice siempre. Soy un ejemplo vivo de la teoría de los cambios catastróficos, que sostiene que un cambio menor puede desencadenar una catástrofe. La gota que rebalsa el vaso. Sin embargo, el problema no es esa gota sino el millón de gotas que cayeron previamente, ante las cuales no hice nada. Si uno no puede quejarse, tarde o temprano terminará explotando.

Soy de las que son capaces de decir que se van a comprar cigarrillos para no volver nunca más, porque soy incapaz de confrontar. Creo que si doy mi opinión se producirá una hecatombe. Pero esa mañana en mi oficina me di cuenta de que el miedo a hablar me conduciría, de todos modos, a la hecatombe. Resultaba más fácil irse que quejarse, pero era mentirosamente fácil. Las personas nos perdíamos la oportunidad de crecer. Lo observé en mi matrimonio, que se estaba muriendo por mis silencios, porque me alejaba cada día más. Hablar con mi marido me costaba aun más que hacerlo en la empresa.

En el trabajo no tuve más remedio que irme. Buena paradoja. No hablé durante años para no generar conflictos, hasta que llegó un punto irreversible y monumental que no me dejó más alternativa

que aceptar aquello que había tratado de evitar. Peor aún, tuve que asumir que yo había sido la gran artífice. Si hubiera hablado a tiempo, tal vez no habría cambiado el curso de los acontecimientos pero al menos habría sido distinto. Bien distinto.

Lamentablemente, con aquella catástrofe no me alcanzó para aprender. Tuvo que dejarme mi marido para que —en medio de un mar de dolor y orfandad— aprendiera que si bien callar a veces puede ser un signo de sabiduría y prudencia, cuando ese silencio es motorizado por el miedo rara vez es positivo. Ahora, antes de callarme, evalúo si lo que me impulsa es un sentimiento de tolerancia, paciencia, comprensión. Pero si lo que siento es miedo, sé que tendré que encontrar la forma de decir lo que quiero decir, porque de lo contrario todo será peor. Evitarme este riesgo de hoy suele conducirme a un gran dolor mañana.

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