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Cuando mi prometido conoció a mi novia
Confesiones

Cuando mi prometido conoció a mi novia

El poliamor no era algo que mis padres entendieran. Mis abuelos me dijeron que estaban “sumamente preocupados”

Por: New York Times , Malena Jaquez

Una historia que te quedarás impactado al leer, en donde la música la cocina y los encuentros le dan el matiz exacto y perfecto para el desarrollo de esta historia de amor ¿O de amores?. Atrevete a descubrir como es que una persona ama hasta los huesos, pero es capaz de comprender que nada es para siempre y que el amor siempre muta. Los laberintos del amor son inciertos, y sin duda esta historia mostrará sólo una parte de él. Descubre como se puede vivir el poliamor y que conlleva en una relación. 

Hace varios años, un día soleado en Nueva Orleans, Luke tocó a mi puerta y tenía un casete con algunas decoraciones y me dijo: “Hice esto para ti”. Se notaba que era algo que hacía para varias mujeres, pero tenía que reconocer que era un buen detalle.

No eran los años noventa, cuando los casetes con una selección musical específica eran un medio para revelar que alguien te gustaba; ni siquiera los CD seguían de moda. Si es que ibas a usar las letras escritas por alguien más en una canción para demostrar tus sentimientos, ahora correspondía hacerlo con una lista de Spotify. Me gustó que a Luke le gustara la música y que fuera obstinado sobre compartirla de manera análoga.

El amor es un laberinto de encuentros y emociones. Foto, Pixabay

Apenas había empezado a salir con Luke. Estábamos haciendo esa cosa casual y milénial de salir primero por medio de Tinder, lo que se convierte en varias citas en bares, que tienes cuando no sales a bares con otras personas. Usualmente salía con tres personas a la vez —varones y mujeres— y cada seudorrelación duraba unos dos meses. Así me sentía a gusto; una Relación (así, con erre mayúscula) parecía ser demasiado, algo muy concreto para lo cual no tenía cabida en mi vida.

Y entonces escuché el casete de Luke. Me sentí engañada; no era cualquier recopilación. Había canciones folk sobre añorar a alguien y música soul sobre los sentimientos. Tenía “Ain’t No Mountain High Enough” y después una canción de Usher.

Pronto me di cuenta de que Luke no solo era bueno para las recopilaciones musicales, sino para cocinar lentejas vegetarianas y para hacer planes de ir a ciudades y áreas cercanas el fin de semana para remar en canoa en busca de armadillos. Antes de que me diera cuenta, el umbral de los dos meses había pasado.

Dos años después nos mudamos de Nueva Orleans a Chicago y rentamos un apartamento de una habitación. Establecimos que por lo menos una noche a la semana cenaríamos juntos. Conseguimos gatos como mascotas.

Pero nunca quise dejar de ver a otras personas; Luke, tampoco. En Chicago mantuvimos abiertas nuestras cuentas de Tinder y solíamos acostarnos lado a lado en la cama mientras hacíamos clic a la derecha a alguna persona y mostrarnos con quién nos habíamos emparejado en la aplicación.

El poliamor no era algo que mis padres entendieran. Mis abuelos me dijeron que estaban “sumamente preocupados”. Pero no se sentía como que mi arreglo con Luke fuera algo descomunal. La mayoría de las personas que conocí en Nueva Orleans no eran monógamas; ahí tener veintitantos conllevaba besarse con desconocidos durante las celebraciones de Mardi Gras.

Antes de estar con Luke, había pasado casi una década construyendo una relación platónica cercana con mi compañera de departamento y a ella nunca le importó que saliera en citas con otra personas. ¿Por qué eso tendría que ser distinto nada más porque Luke y yo sí dormíamos en la misma cama?

En Chicago solo salimos con un puñado de otras personas. Hace más frío que en Nueva Orleans, entonces apetece menos salir de tu departamento. A veces a mí me daban celos y a veces le daban celos a Luke. Discutíamos nuestros celos en profundidad y después nos sentíamos más cercanos. Después de tres años de relación seguíamos saliendo con otras personas, pero nos dimos cuenta de que ya no estábamos celosos. La primavera siguiente Luke llenó la sala de nuestro departamento con margaritas de color amarillo y nos comprometimos para casarnos.

En invierno conocí a Kat en una fiesta.

Ella traía puesto un vestido negro ajustado con cortes a los lados. No podía dejar de mirarla; era la mujer más bella que había visto en carne y hueso.

Estaba ahí con su novio Brendan, quien estaba de visita desde Portland, Oregon. También eran poliamorosos. Me gustó Kat y me gustó su novio; todos intercambiamos nuestros números de teléfono con la promesa de estar en contacto.

No le voy a prometer que nuestro amor no va a mutar y él tampoco me va a prometer eso a mí.

Transcurrieron unos meses. Vi a Kat en algunas fiestas de cumpleaños y en un acto político a favor de los derechos LGBT. Seis meses después nos topamos durante el mismo viaje para acampar con amigos mutuos en el río Wisconsin. Por la noche nos recostamos con las piernas hacia la fogata y me moví lo suficientemente cerca como para que nuestros brazos se rozaran. Ella tomó mi mano. Juntas esperamos a que se vieran bien las estrellas.

Siempre me ha dado algo de temor salir con mujeres. En el pasado cuando me atraían me apagaba en lo emocional por el terror a ser rechazada. Las mujeres parecían ser intocables y hermosas; me daba miedo que pudieran ver más allá de mis trucos con maquillaje y peinado para darse cuenta de que no soy la pareja idónea.

Después ese viaje, como no podía dejar de pensar en Kat, redacté varios mensajes de texto para ella que no envié, sino hasta que Luke me dijo que debería hacerlo.

“¿Por qué no la invitas a salir tú?”, le dije a Luke.

“Porque no soy yo el que no puede dejar de hablar de ella”.

Decidí invitarla por medio de una carta escrita que tenía una larga lista de posibles citas y momentos para reunirnos, e incluso dibujé unos gatitos en el frente del papel como para indicar que soy muy despreocupada y fantasiosa.

Tres días después Kat respondió que sí le interesaba salir. Salté por todo el departamento tan emocionada como si me hubieran avisado que me admitieron en la universidad de mis sueños.

La primera cita fue en mi sala de estar durante una lluvia torrencial. Me puse cuatro atuendos diferentes antes de escoger algo con lo que según yo no parecía que me hubiera probado cuatro atuendos. Ordené suficiente comida tailandesa para alimentar a seis personas tras olvidar por completo que en una primera cita muchas personas están demasiado nerviosas para siquiera comer. La conversación fue gustosamente variada; intenté no mirarla directamente porque temía que fuera muy evidente en mi cara lo mucho que me gustaba.

Luke llegó a casa cuando la cita estaba por terminar. Se sentó con nosotros en la sala unos minutos, pero nos dejó solas cuando nos íbamos a despedir de esa manera que dura más de lo normal cuando estás casi por empezar una relación.

Esa noche me acosté junto a mi prometido y le conté sobre la mujer de la que estaba enamorándome.

Las personas me preguntan que por qué me voy a casar si mi enfoque sobre la fidelidad sexual es abierto. Parece que para muchos el matrimonio es un contrato con el cual firmas que nunca más tendrás sexo con otra persona por el resto de tu vida a modo de un sacrificio por aquel que amas.

Es un concepto hermoso que funciona bien para muchas personas; dígase el cincuenta por ciento de las parejas que lo intenten. Para mí el compromiso tiene poco que ver con la intimidad física.

Me voy a casar porque quiero prometer, frente a mis familiares y amigos, que amaré a Luke por siempre. Quiero asegurarle que cuando él no pueda pagar su renta o si alguien a quien quiere se enferma o si su auto se avería durante una tormenta invernal y él está atorado a la mitad de la nada en una autopista, yo estaré ahí para que me llame y para cuidarlo.

Quiero que las cenas juntos se mantengan. Quiero que sigamos siendo padres conjuntos de los gatos. Más que nada, quiero que Luke sepa que le voy a decir la verdad y que si esa verdad es dolorosa voy a dejar de hacer lo que estaba haciendo para estar con él hasta que se sienta mejor.

Pero no le voy a prometer que nuestro amor no va a mutar y él tampoco me va a prometer eso a mí. El hecho de que el amor cambia y muta es lo que más me gusta del amor. Espero que conforme se dé ese cambio Luke y yo podamos estar unidos con compasión y que nos mantengamos curiosos y empáticos.

Una noche después de una cita en diciembre, Kat caminó conmigo hasta la estación de trenes. Bajo el puente, me acercó a ella y me besó de una manera dulce que me hizo revolotear el estómago. Nuestros anteojos se empañaron; las dos traíamos guantes tan gruesos que no podíamos sentir la mano de la otra. Fue uno de esos momentos de película que quieres atesorar por siempre.

Y hablar con el amor de mi vida sobre enamorarme de Kat es un regalo increíble. Luke me acaricia el cabello y me deja hablar cursilerías de una manera que mis amigas solo pueden tolerar por un tiempo. También sucede al revés: le echo porras cuando él sale en citas. Kat dice que ella también habla con su novio sobre mí.

Justo antes de Navidad, Luke y yo viajamos a Portland (ahí vive mi familia y casi siempre visitamos en las fiestas decembrinas), donde nos reunimos con Kat y Brendan. Todos salimos juntos. Al final Luke y yo nos acostamos en la cama que yo usaba de niña y nos reímos sobre lo extraño y dulce y hermosa que era nuestra vida juntos.

Sé que no todos quieren amar de esta manera. Comprendo el temor a la pérdida y entiendo el aferrarte a algo incluso cuando no es lo mejor. Pero esta figura tiene sentido para mí: el amor como una masa que no puede ser delimitada porque está viva y es un animal que pasa de persona en persona aunque aún así siente que tiene hogares.

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